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Montar en bicicleta con los amigos tiene un encanto especial. Por muy diferentes que seáis, el sendero une: en ritmo, en espíritu y en felicidad. Esta vez fuimos los tres: Mirko, un joven intrépido ciclista de enduro con energía de sobra; Martino, un agricultor que cambia el campo por los senderos de montaña cada vez que puede tomarse un respiro, y yo, Marco Fontana, medallista olímpico de MTB en Londres 2012, que llevo toda la vida buscando precisión y rendimiento. Tres amigos, tres mundos diferentes, una pasión compartida.

Fotos: Ale Di Lullo. Vídeo: Simone Armanni Text: Marco Fontana

Los protagonistas

Nuestro viaje comenzó en Monte Penna, en los montes Apeninos, un lugar auténtico y rebosante de naturaleza virgen que transmite una sensación de paz infinita. El aire huele a pino y el silencio solo se rompe por el viento soplando entre los árboles. Los senderos se entremezclan con rocas cubiertas de musgo y frondosos bosques que se abren de repente a amplias crestas de montaña donde se divisa el horizonte. Pasamos dos días guiados por Martino, que conoce el lugar como la palma de su mano, descubriendo sus secretos, pedaleando de cresta en cresta, desde el Monte Aiona hasta el Monte Chiodo, pasando por debajo del famoso Monte Penna, parándonos para recoger setas silvestres y empapándonos de la profunda calma de las montañas. Ahí arriba se produce un tipo de conexión especial con la tierra, ese que te recuerda por qué empezaste a montar en bici.

Nuestras bicicletas eléctricas SCOTT Lumen cambiaron la dinámica de la mejor manera posible. No es que no se necesite esfuerzo, todavía sientes que te estás ganando las vistas desde el mirador, pero ofrecen una experiencia más equilibrada. Mirko todavía podía esprintar, saltar y jugar, pero Martino y yo lo seguíamos de cerca. Las bicicletas nivelaron las diferencias en el estado físico para que todos pudiéramos rodar a la misma velocidad y compartir el mismo ritmo. Los ascensos se convirtieron en conversaciones, no en competiciones. Nos reíamos por los tramos empinados, nos deteníamos a tomar fotos y llegábamos a la cima todos juntos, listos para el siguiente descenso. Esa sensación de moverse en grupo, independientemente del nivel de experiencia o la forma física, fue algo realmente especial.

Por la noche disfrutábamos de los pequeños placeres: las zapatillas embarradas en la puerta del refugio, las cervezas frías en la mano y las bicicletas cargándose en el cobertizo. El fuego crepitaba y las montañas del exterior se desvanecían en la oscuridad. Intercambiábamos historias, Mirko sobre sus mejores trazadas, Martino sobre la última cosecha, y yo sobre antiguas carreras que parecían de otra vida. Sin presión, sin horarios, solo amigos, bicicletas y la sensación de que todo era exactamente como debería ser.

Dejar el Monte Penna fue duro. A 1400 metros, te sientes en otro mundo, tranquilo y sosegado, lejos de la bulliciosa ciudad costera de Sestri Levante. Pero el mar nos llamaba.
Tras un viaje de 1,5 horas en coche hasta la concurrida costa de Liguria, pasamos la noche en nuestro Airbnb. Nos despertamos antes de que el sol saliera, maravillados con el resplandor que brilla en la costa. La ciudad estaba tranquila y la primera luz del día pintaba el agua de dorado. Subir la colina pedaleando con el sol elevándose por encima del horizonte parecía el comienzo de otro día especial. Los senderos de Sestri son salvajes y exigentes. Pueden ser irregulares, escarpados y rocosos cuando descienden hacia el mar.

El Manierta trail es el escaparate perfecto. Yo dirigía por senderos técnicos con Martino y Mirko siguiéndome, riendo, gritando y respirando con fuerza. Cada descenso terminó con un destello de azul en la distancia, la promesa del mar que esperaba más abajo.
Una vez completada la primera ruta del día, nos dirigimos a la playa para tomar un café, disfrutar de un desayuno tardío y darnos un chapuzón en el mar de octubre para despertar los sentidos.

Después de esta refrescante escapada, empezamos a explorar la parte superior de la red de senderos, que incluye los famosos senderos de Mimosa, Sant’Anna y Capenardo. En cuanto empiezas a pedalear por la ladera de la colina, por encima de Sestri Levante, el ruido de la ciudad se desvanece. Arriba hay silencio y solo se escucha el zumbido de las cubiertas sobre la tierra y el susurro de los pinos mediterráneos, mientras el mar brilla más abajo. Los senderos atraviesan campos de olivos y afloramientos rocosos y, a veces, se abren a vistas panorámicas de la costa, antes de sumergirse en caminos sombreados. La red de senderos ofrece una variedad increíble, desde rutas suaves y fluidas hasta descensos técnicos empinados, y cada giro ofrece una nueva perspectiva. Puedes pasarte todo el día montando en bici y no repetir sendero ni una sola vez.

El día acabó como se merecía: sentados en la playa, la piel salada, las bicicletas aparcadas cerca y un aperitivo de camino. La brisa del mar se mezclaba con el aroma de los limones y las aceitunas, y brindamos por el recorrido, por los ascensos, por las risas y por el equilibrio perfecto entre esfuerzo y diversión que solo un día como este podía ofrecer.
La distancia y la velocidad no importaban. Se trataba de tres amigos con tres vidas muy diferentes, compartiendo el momento y unidos por algo muy sencillo: el amor por el ciclismo. Gracias a las bicicletas SCOTT Lumen y a su sistema de transmisión TQ HPR60, todo fluyó a la perfección.

Porque al final, eso es lo que importa: buenos senderos, buenos amigos y recuerdos que perduran mucho tiempo después de que el polvo y la sal se hayan esfumado.

Texto de Marco Fontana


Bicicleta SCOTT Lumen 920
Bicicleta SCOTT Lumen 920
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Bicicleta SCOTT Lumen 900 SL
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