Escrito por Jess Stone
Seré sincera, no tenía ni idea qué podía esperar de este viaje. Cuando SCOTT y Bosch se pusieron en contacto conmigo y me preguntaron si me interesaría, no dudé ni un minuto. Por supuesto, dije que sí. Cada viaje que he hecho con SCOTT ha sido una aventura increíble, repleta de historias, risas y recuerdos para toda la vida. Así que, naturalmente, no iba a dejar pasar una oportunidad así.
Enseguida vi que Theresa también venía. En ese momento, no sabía mucho de ella más allá de su perfil de Instagram, pero sabía que iba a ser un viaje en bici eléctrica y eso ya me hacía mucha ilusión, aunque también sentía un poco de nervios, para ser sincera. Nunca había montado en bici eléctrica, así que tenía curiosidad por ver en qué se diferenciaría la experiencia. Esa mezcla de anticipación e incertidumbre lo hizo aún más emocionante.
Pero lo que más me sorprendió fue que el equipo se integró a la perfección desde el primer momento. A los pocos minutos ya se percibía una energía relajada en el ambiente, como si nos conociéramos de toda la vida. Se notaba que iba a ser uno de esos viajes que no quieres que acaben nunca. Theresa me inspiró especialmente. Tiene un entusiasmo contagioso, es muy amable y sencilla, y me sorprendió que me pidiera consejos a la hora de trazar algunas curvas. Imagínate, una ciclista con un talento increíble y tan segura de sí misma, pero al mismo tiempo una persona abierta y humilde, y con tantas ganas de aprender. No es habitual ver este tipo de actitud, y me recordó lo importante que es no perder nunca la curiosidad, por muy alto que hayas llegado. Es una de esas personas que hace mejores a la gente que la rodea, y ha sido un placer compartir la ruta con ella.
La verdad es que me olvido enseguida de los nombres de los sitios que hemos visitado. Lo que me queda son las sensaciones, los momentos. Para mí, no se trataba de recorrer la ruta punto a punto ni de buscar el lugar para la foto perfecta, sino de vivir la experiencia por sí misma. Las risas cuando parábamos a comer algo, las vistas infinitas que te invitaban a detenerte y quedarte mirando en silencio, el sonido de la tierra que cruje cuando pasan por encima las ruedas, y esa sensación de libertad compartida que solo se vive cuando salimos al monte en buena compañía. ¡Y, por supuesto, las “radlers” (50 % de cerveza y 50 % de gaseosa)! ¡También han sido parte de la aventura!
Cada día traía algo nuevo, atravesando valles donde los ríos brillaban a la luz del amanecer, subiendo por empinadas carreteras de grava alpina y senderos rocosos hacia puertos de montaña que parecían tocar el cielo. Llegar a la cima parece una victoria y la recompensa son unas vistas impresionantes de aristas de cumbres infinitas. Y luego venía lo mejor: el descenso. Senderos con curvas suaves, praderas abiertas y bosques, alegría y disfrute en estado puro. Es el tipo de ciclismo que te hace olvidar todo lo demás y vivir el momento.
Aprender a llevar una bicicleta eléctrica en terrenos técnicos fue también toda una aventura. Descubrir cómo moderar la potencia, cómo subir con eficiencia y cómo bailar al ritmo de la bici… todo ha sido nuevo para mí, y he disfrutado a tope. Parecía increíble que pudiéramos recorrer esas distancias, o lo fácil que resultaba poder disfrutar de unos paisajes tan inmensos. Contar con una bicicleta eléctrica nos abrió un nuevo mundo de posibilidades: puedes subir hasta los 3000 metros, y todavía te quedan fuerzas para admirar a fondo las vistas de las cumbres antes de lanzarte a disfrutar a tope del descenso (esquivando las marmotas).
El paisaje era absolutamente increíble, una combinación perfecta de naturaleza y serenidad. El equipo iba a otro nivel, las bicis funcionaban estupendamente, y esos paisajes de montaña se me han quedado grabados en la memoria. Al final del viaje, me sentí físicamente satisfecha y cargada de emociones. Pasé una semana rodeada de personas increíbles, compartiendo risas, desafíos y pura alegría en la montaña.
Después de pasar varias horas con la bicicleta cada día, por la noche disfrutamos también del ambiente de los refugios. Era muy reconfortante llegar cubiertas de polvo y agotadas, dejar las bicis apoyadas en la pared y quitarnos las zapatillas de una patada mientras veíamos la puesta de sol entre las cumbres. El dormitorio se llenaba de aire fresco, conversaciones animadas y el aroma de la cena. Nos sentábamos a la mesa, recordábamos los mejores momentos del día, nos reíamos de los momentos en que nos habíamos librado de una caída por poco y de las pequeñas victorias del día. Era el momento perfecto para relajarse con alegría y en un ambiente cálido. Después de una buena cena y una bebida fría, con el sereno rumor de la montaña en el exterior, sentías cómo el cuerpo y la mente se recargaban y se preparaban para vivir otro día de aventura con la siguiente salida del sol.
Si pudiera resumirlo, diría que fue una de esas experiencias raras en las que todo encaja con total naturalidad: las personas, el lugar y los planes. Espero que grabemos un episodio 2, porque repetiría esta experiencia sin pensarlo.