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Desde las risas en las subidas a la libertad de los descensos; cada día trae nuevos desafíos, conexiones más profundas y esa sensación tan especial de que las personas, los lugares y los planes se alinean a la perfección. Una historia de fuerza, curiosidad y aventura compartida en Austria, Suiza e Italia. Es la primera vez que hacen un viaje de bikepacking de varios días, pero quizás solo sea el comienzo de muchas más rutas.

Las protagonistas

Escrito por Jess Stone

Seré sincera, no tenía ni idea qué podía esperar de este viaje. Cuando SCOTT y Bosch se pusieron en contacto conmigo y me preguntaron si me interesaría, no dudé ni un minuto. Por supuesto, dije que sí. Cada viaje que he hecho con SCOTT ha sido una aventura increíble, repleta de historias, risas y recuerdos para toda la vida. Así que, naturalmente, no iba a dejar pasar una oportunidad así.

Enseguida vi que Theresa también venía. En ese momento, no sabía mucho de ella más allá de su perfil de Instagram, pero sabía que iba a ser un viaje en bici eléctrica y eso ya me hacía mucha ilusión, aunque también sentía un poco de nervios, para ser sincera. Nunca había montado en bici eléctrica, así que tenía curiosidad por ver en qué se diferenciaría la experiencia. Esa mezcla de anticipación e incertidumbre lo hizo aún más emocionante.

Pero lo que más me sorprendió fue que el equipo se integró a la perfección desde el primer momento. A los pocos minutos ya se percibía una energía relajada en el ambiente, como si nos conociéramos de toda la vida. Se notaba que iba a ser uno de esos viajes que no quieres que acaben nunca. Theresa me inspiró especialmente. Tiene un entusiasmo contagioso, es muy amable y sencilla, y me sorprendió que me pidiera consejos a la hora de trazar algunas curvas. Imagínate, una ciclista con un talento increíble y tan segura de sí misma, pero al mismo tiempo una persona abierta y humilde, y con tantas ganas de aprender. No es habitual ver este tipo de actitud, y me recordó lo importante que es no perder nunca la curiosidad, por muy alto que hayas llegado. Es una de esas personas que hace mejores a la gente que la rodea, y ha sido un placer compartir la ruta con ella.

La verdad es que me olvido enseguida de los nombres de los sitios que hemos visitado. Lo que me queda son las sensaciones, los momentos. Para mí, no se trataba de recorrer la ruta punto a punto ni de buscar el lugar para la foto perfecta, sino de vivir la experiencia por sí misma. Las risas cuando parábamos a comer algo, las vistas infinitas que te invitaban a detenerte y quedarte mirando en silencio, el sonido de la tierra que cruje cuando pasan por encima las ruedas, y esa sensación de libertad compartida que solo se vive cuando salimos al monte en buena compañía. ¡Y, por supuesto, las “radlers” (50 % de cerveza y 50 % de gaseosa)! ¡También han sido parte de la aventura!

Cada día traía algo nuevo, atravesando valles donde los ríos brillaban a la luz del amanecer, subiendo por empinadas carreteras de grava alpina y senderos rocosos hacia puertos de montaña que parecían tocar el cielo. Llegar a la cima parece una victoria y la recompensa son unas vistas impresionantes de aristas de cumbres infinitas. Y luego venía lo mejor: el descenso. Senderos con curvas suaves, praderas abiertas y bosques, alegría y disfrute en estado puro. Es el tipo de ciclismo que te hace olvidar todo lo demás y vivir el momento.

Aprender a llevar una bicicleta eléctrica en terrenos técnicos fue también toda una aventura. Descubrir cómo moderar la potencia, cómo subir con eficiencia y cómo bailar al ritmo de la bici… todo ha sido nuevo para mí, y he disfrutado a tope. Parecía increíble que pudiéramos recorrer esas distancias, o lo fácil que resultaba poder disfrutar de unos paisajes tan inmensos. Contar con una bicicleta eléctrica nos abrió un nuevo mundo de posibilidades: puedes subir hasta los 3000 metros, y todavía te quedan fuerzas para admirar a fondo las vistas de las cumbres antes de lanzarte a disfrutar a tope del descenso (esquivando las marmotas).

El paisaje era absolutamente increíble, una combinación perfecta de naturaleza y serenidad. El equipo iba a otro nivel, las bicis funcionaban estupendamente, y esos paisajes de montaña se me han quedado grabados en la memoria. Al final del viaje, me sentí físicamente satisfecha y cargada de emociones. Pasé una semana rodeada de personas increíbles, compartiendo risas, desafíos y pura alegría en la montaña.

Después de pasar varias horas con la bicicleta cada día, por la noche disfrutamos también del ambiente de los refugios. Era muy reconfortante llegar cubiertas de polvo y agotadas, dejar las bicis apoyadas en la pared y quitarnos las zapatillas de una patada mientras veíamos la puesta de sol entre las cumbres. El dormitorio se llenaba de aire fresco, conversaciones animadas y el aroma de la cena. Nos sentábamos a la mesa, recordábamos los mejores momentos del día, nos reíamos de los momentos en que nos habíamos librado de una caída por poco y de las pequeñas victorias del día. Era el momento perfecto para relajarse con alegría y en un ambiente cálido. Después de una buena cena y una bebida fría, con el sereno rumor de la montaña en el exterior, sentías cómo el cuerpo y la mente se recargaban y se preparaban para vivir otro día de aventura con la siguiente salida del sol.

Si pudiera resumirlo, diría que fue una de esas experiencias raras en las que todo encaja con total naturalidad: las personas, el lugar y los planes. Espero que grabemos un episodio 2, porque repetiría esta experiencia sin pensarlo.

Día 1: Ruta circular de Nauders

Empezamos con una ruta circular sencilla para calentar, para ver cómo iban las bicicletas y conocernos un poco mejor. También nos facilitó bastante la logística.
Nuestra primera subida nos llevó por el lado de Bergkastel, donde entramos en el Almtrail, la forma perfecta de calentar piernas y debutar en terreno alpino con paisajes de montaña impresionantes. El sendero nos llevó hasta las famosas barreras antitanque de la frontera. Una vez que entras en Italia, el sendero se empina y desciende hacia el lago Reschen. Es el tipo de descenso en el que te tienes que detener cada pocos momentos para disfrutar de las vistas.

Tras dar una vuelta rápida hasta la otra orilla del lago, empieza la subida hasta la piedra de las tres fronteras, el punto geográfico donde confluyen Austria, Suiza e Italia. Desde allí seguimos el sendero Dreiländer, una sucesión natural de senderos que serpentean en descenso por praderas abiertas hasta llegar al Lago Verde, donde paramos un instante para picar algo. Continuamos por el Lago Negro antes de bajar el sendero de Kreuzmoos, una trazada más elaborada donde no faltan los peraltes y las curvas suaves, con un terreno liso y de agarre excelente que tanto nos gusta a los ciclistas y que nos acompañó en todo el descenso hasta llegar a Nauders.
Terminamos el día con una velada tranquila en el Hotel Central, donde charlamos con la leyenda local Harry Ploner, uno de los verdaderos pioneros del ciclismo de montaña en Nauders, que nos contó sus historias y nos dio valiosos consejos para los días siguientes.

Día 2: Desde el lago Reschen hasta S-Charl

A partir del lago, el ascenso comienza suavemente por un camino forestal antes de entrar a un sendero algo más técnico. Enseguida tienes la sensación de estar en un lugar alejado de la civilización. Durante el ascenso, no pudimos resistir la tentación de bañarnos en un lago, una idea estupenda para relajarnos un poco antes de afrontar una travesía suave con unas vistas alucinantes. En ese momento, tienes la sensación de estar perdido en la naturaleza y te preparas para llegar al cañón de Uina, un lugar del que nos había hablado mucho.

Después de un breve descenso desde la meseta, sentíamos que habíamos llegado a un callejón sin salida; ante nosotros, teníamos una pared de roca con un riachuelo que la cortaba por la mitad. Seguimos el sendero hasta llegar a una señal que indica que hay que bajarse de la bicicleta para entrar en el cañón. El sonido del viento que resuena entre los tajos aporta un toque adicional al ambiente, y en poco tiempo estábamos agarrándonos a las barandillas mientras avanzábamos por la vereda. Fue una experiencia sin igual, es imposible quedar indiferente ante el poderío de la naturaleza.
Cruzamos túneles y caminos con ciclistas que venían a pie en dirección contraria hasta que llegamos a un banco enorme, el lugar perfecto para descansar, dejar que baje la adrenalina y prepararnos para rodar de nuevo. El descenso final a Scuol sigue un camino forestal fácil, ideal para dar juego a las piernas y sumar unos kilómetros antes de subir al siguiente valle. Terminamos la jornada en S-Charl, el último lugar habitado remoto de la ruta, donde pasamos la noche rodeados de silencio y montañas.

Día 3: De S-Charl a Val Fraele

Amaneció un día estupendo y nos despertamos cargadas de energía para el día que teníamos por delante. Estábamos al borde de la civilización, rodeadas solo de naturaleza. Ante nosotros se extendía un valle largo y tranquilo: flores, montañas, cielos azules y alguna vaca que otra en prados lejanos.
Después de aproximadamente una hora de ascenso constante, llegamos al puerto de montaña de Costainas y afrontamos un descenso suave y rápido a través de los pinares de Val Müstair hasta el paso de Ofen, donde nos detuvimos para picar algo rápido. Con las pilas cargadas, disfrutamos de más descensos antes de una breve subida hasta la meseta de Livigno, camino hacia el puerto de Passo del Gallo. Una vez más, no podíamos evitar detenernos a disfrutar de las vistas y apreciar esa sensación de estar completamente perdidos en la naturaleza.

El siguiente descenso se convirtió, desde el principio, en uno de nuestros tramos favoritos de todo el viaje: amplio, con hierba y giros interminables, ideales para rodar sin estrés, y todo ello entrelazado con tramos rápidos y disfrutones de camino al río. Desde la garganta del fondo del valle, seguimos el río a lo largo de un valle espectacular que se abre paso a paso hasta dos amplios lagos y, finalmente, el Val Fraele Refugio, donde dormiríamos, literalmente, en mitad de ninguna parte.

Día 4: De Val Fraele a Stilfser Alm por Passo Stelvio

Un frente de lluvia cruzó las montañas a primera hora de la mañana, así que nos quedamos en el refugio, nos tomamos unos cuantos cafés italianos y acariciamos a los animales del refugio mientras esperábamos a que escampara. El día comenzó lento y relajado, como un regalo especial en mitad de la aventura.
Cuando finalmente se detuvo la lluvia, nos dirigimos hacia el extremo del lago Cancano. Desde allí, nos esperaba una subida de diez kilómetros hasta Bocchetta di Pedenolo, a 2703 metros. El ascenso es famoso por sus innumerables giros de 180 grados, quizás 40 en total. Es empinado, pero totalmente manejable, especialmente en nuestras Patron. Es, en su mayor parte, un sendero precioso, aunque hay algunos tramos bastante expuestos que requieren un poco más de concentración. Desde el collado, seguimos una travesía hacia el norte, una mezcla muy divertida de subidas y bajadas constantes. Quedaban todavía algunos parches de nieve y no pudimos resistirnos a una rápida pelea de bolas de nieve antes de llegar a Bocchetta di Forcola, a 2766 metros. Con 8 metros de altitud por encima del paso del Stelvio, parecía la recompensa perfecta para disfrutar de las montañas a última hora de la mañana.
Después de dejar atrás la parte más exigente de la jornada, seguimos un sendero de cuatro kilómetros hasta el pase de Umbrail y luego rodamos a toda pastilla para superar los últimos cuatro kilómetros del Stelvio. Subimos a 20 kilómetros por hora con la sonrisa en el rostro, adelantamos a unos cuantos ciclistas de carretera que iban dándolo todo en el ascenso, en un ambiente compartido de felicidad por la proximidad de la cumbre.

Después de la calma de la mañana, llegar al Stelvio era como entrar en otro mundo. De repente había coches, motos, turistas, restaurantes, puestos de recuerdos y bares por todas partes. Recuperamos fuerzas con lo que cada una quiso, pizza o pasta, y descansamos un rato. Tuvimos que esperar hasta las 4 de la tarde para llegar a nuestro último sendero del día.
El Goldsee Trail es una de las rutas más icónicas de la región y una experiencia increíble a los pedales. Para que todos puedan disfrutarlo de forma segura, está abierto a los ciclistas solo hasta las 9 de la mañana y después de las 4 de la tarde. El sendero sigue la vertiente este de la frontera entre Suiza e Italia y ofrece un panorama impresionante del Ortler, que se eleva hasta 3905 metros con sus enormes glaciares. Se trata de un sendero alpino de 13 kilómetros con 1000 metros de ascenso donde se mezclan secciones suaves y fluidas con terreno más técnico sobre piedra, pasajes estrechos y tramos expuestos con clasificación de S2 a S3. En algunas secciones, tuvimos que bajarnos de las bicicletas, pero eso es parte de la aventura, y todavía quedaban muchas horas de luz.
Dos horas más tarde, llegamos a nuestra parada final para la noche: el Obere Stilfser Alm a 2100 metros, un lugar escondido, sin acceso por carretera y rodeado de amplios prados salpicados de vacas. Cenamos estupendamente y nos fuimos a la cama poco después de cenar. A la mañana siguiente teníamos nuestros planes.

Día 5: De Alm Stilfser a Reschensee

La alarma sonó a las 5 de la madrugada y, sinceramente, no había mejor manera de empezar el último día que con una misión al amanecer. Queríamos ver las primeras luces del día, tomar algunas fotos y regresar al refugio para desayunar en condiciones. Momentos como este son muy especiales, son los que duran para toda la vida.
Montar en bicicleta rodeadas de ese tranquilo resplandor antes del amanecer, para luego sentarnos juntos y ver cómo el sol salía mientras el paisaje se revelaba lentamente en una suave luz amarilla, nos llenó de la energía perfecta para el día. Era imposible no sentirse agradecida. El descenso final hasta el bosque fue un auténtico disfrute. Las piernas y los brazos estaban cansados de los días anteriores, pero nada nos podía borrar la sonrisa de la cara. Cada tramo era como un pequeño regalo.

Una vez que llegamos al fondo del valle, seguimos la ruta a través del valle de Vinschgau hacia nuestro punto de partida. Íbamos sin prisa, no hacía falta correr. Con la ayuda de los motores Bosch, simplemente teníamos que mover las piernas mientras hablábamos de la increíble aventura que habíamos vivido en esos días. Los 15 kilómetros desde Glorenza hasta volver al coche pasaron tan rápido que casi deseamos que fueran más largos, solo para pasar más tiempo juntas y que el viaje no acabara.


Bicicleta SCOTT Patron 910
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Bicicleta SCOTT Patron 930
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Casco SCOTT Tago Plus (CE)
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Mochila SCOTT Trail Rocket 20
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